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Opiniones sobre el Asesoramiento en Sneaker Xperience
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La capacidad de improvisar con sentido denota al artista
«Me siento genial»
Esas fueron las últimas palabras que pronunció en su vida. Y cómo no, estaba con una pelota de baloncesto entre las manos. El objeto más importante de su existencia, el que más momentos de felicidad le había dado y también el que le terminaría robando muchos años de infancia y juventud. «Me siento genial», dijo sonriendo. Pero no transcurrió ni un minuto hasta que sus compañeros de partido lo vieron desplomarse y quedar tendido en el suelo, inconsciente. Ya nunca volvió a despertar. Eso fue todo. Acababa de morir Pete Maravich, el genio solitario, el artista retraído, el inventor de jugadas imposibles, el ídolo que nunca fue feliz. Era un 5 de enero de 1988. Había terminado una vida. Y empezaba una de las mayores leyendas en la historia de la NBA.
En las horas siguientes los noticiarios y periódicos que durante algunos años habían dejado de lado su nombre, eclipsado por el brillo de sus herederos y discípulos, se hicieron sorprendido eco de su repentina muerte. Nadie pudo entender la causa del fallecimiento hasta que no se le practicó la autopsia: descubrieron que el corazón de Pete Maravich padecía un raro defecto de nacimiento, un defecto que él mismo desconocía y con el que había convivido siempre. Una condición cardiaca de la que no tuvo noticia ni durante los partidos en el patio trasero de su infancia, ni en las competiciones de instituto o universidad, ni durante su carrera profesional. Algo que podía haberlo matado en cualquier circunstancia y en cualquier momento de su vida, cinco, diez o veinte años antes. De hecho, lo normal desde un punto de vista médico habría sido que hubiese fallecido durante sus años universitarios: la mayoría de pacientes de esa inadvertida malformación no viven mucho más allá de los veinte años.
Están condenados desde el mismo instante de venir al mundo a no ir mucho más allá de su adolescencia. Pero el caso de Pete Maravich fue distinto: él sí sobrevivió. Un tiempo más, al menos. Sin saber que estaba siempre en la cuerda floja y siempre bajo el terrible riesgo de morir en cualquier instante, le dio tiempo a esculpir su nombre en el Olimpo de la historia del deporte. Pudo haber muerto repentinamente en la cancha de los Boston Celtics o de los New York Knicks, ante miles de espectadores, o pudo haber muerto antes, en algún entrenamiento en el gimnasio de la universidad. Pero los dioses le concedieron una prórroga y se quedó con nosotros lo suficiente como para casi —casi— cumplir sus sueños de infancia y desde luego también lo suficiente como para dejar tras de sí una huella imborrable e iluminar un poco más nuestras vidas, las de aquellos que disfrutamos contemplando a otros hacer lo imposible. Él fue un creador de belleza, algo que nunca abunda lo suficiente en este mundo nuestro. Su corazón iba a fallar, estaba escrito en las estrellas, pero al menos deberíamos agradecer que lograse seguir latiendo durante algunos años de más porque ahora nos queda su legado.

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